Las siervas de Jesús


La orden de las Siervas de Jesús fue la que se ocupó del servicio de enfermería, de velar por la salud de alumnos y personal de la Universidad Laboral. A diferencia de las clarisas, pertenecen a una orden de vida activa, no sujeta a clausura, aunque hicieron vida en La Laboral sin más contacto con la calle que el derivado de la atención a los alumnos.
Su indumentaria, totalmente blanca y algo menos aparatosa que el hábito clariano — sobre todo en los últimos tiempos—, también las distingue de las franciscanas. Fueron muchas menos religiosas, y tal vez por eso su trabajo no tuvo tanto eco en La Laboral, pero no por ello dejaron de cumplir un importante papel en la institución. El número y las características de la orden fueron determinantes para que, a diferencia de las otras religiosas, no tuvieran convento independiente. Pero no les faltó un lugar donde instalarse, dentro de las dependencias generales del conjunto arquitectónico. Su sitio estuvo en el flanco meridional del edificio —mirando al jardín y dándoles el sol—, cerca de lo que fue el área de la Escuela de Capacitación Social. Ocuparse de la enfermería no fue tarea fácil. Es complicado, y probablemente irrelevante, saber que resultó más arduo, si moverse entre enfermos o entre sábanas y fogones. Indudablemente fueron tareas distintas, sujetas a necesidades y criterios de actuación también diferentes, pero no conviene olvidar que la asistencia a los enfermos requería atención y vigilancia permanente las 24 horas del día.

Una vez más fue el P. Valentín García quien se puso en contacto con la orden para solicitar sus servicios. Si pensó en estas religiosas era porque las conocía y sabía que llevaban muy bien sus clínicas. Téngase en cuenta que las Siervas tenían su Noviciado en Deusto, donde los jesuitas habían fundado su Universidad en 1886. Pero si el P. Valentín sabía de la orden era por las Siervas de Valladolid, instaladas en la ciudad desde 1878; prestaban asistencia en el Colegio de San José, donde el P. Valentín había sido rector años atrás. Esa fue la razón que le llevó a pensar en ellas para Gijón. El P. Valentín se trasladó personalmente a Bilbao en agosto de 1955 para realizar el ofrecimiento, aunque poco pudieron decirle allí, dado que el tema era de la competencia exclusiva de la Madre General, Sor Natividad de Mª Píriz Rosado, que no se encontraba en Bilbao en aquel momento. El jesuita le mandó una carta el 4 de octubre, en la que le solicita dos religiosas en guardias de 24 horas para atender a los enfermos de la Universidad, cuya apertura estaba ya próxima. Todavía no estaba hecha la clínica que debería atender las necesidades médicas de la institución, pero el P. Valentín tenía previsto instalar provisionalmente una enfermería en uno de los pisos del pabellón central. Deja claro que ellos se encargarían de traer y llevar a las Siervas para facilitar su trabajo. El objetivo último era poder otorgarles la concesión de la nueva clínica que estaba previsto construir, proyecto que se verá truncado finalmente. La respuesta de la Madre General llegó por carta de 6 de octubre y era afirmativa: la orden de las Siervas de Jesús manifestaba su deseo de “cooperar a la Obra”.
Durante los tres primeros años, entre 1955 y 1958, fueron 4 hermanas del Hospital de San Juan de Dios las que atendieron las dolencias de alumnos y personal de La Laboral; venían a diario desde Gijón y se iban relevando dos cada día, permaneciendo en el centro en turnos de 24 horas, desde las 9 de la mañana hasta la misma hora del día siguiente. En esos años no hubo demasiados alumnos enfermos, 10 ó 12 por lo general. Pero en vista del aumento constante del número de alumnos y de la necesidad de una hermana más para la cocina de la enfermería, el P. Valentín acudió de nuevo a la Madre General de las Siervas, Sor
Natividad Piriz, pidiéndole el establecimiento de una pequeña comunidad en la Universidad, a fin de poder atender a los alumnos con mayor comodidad y eficacia. El 16 de octubre de 1958 quedó constituida la nueva comunidad, integrada por 6 monjas: Sor
Visitación Varela (procedente de la Residencia de Gijón), Sor Isabel Aliende (procedente del Hospital de Castro Urdiales), Sor Inmaculada Echevarría Olábarri (procedente de
Valencia), Sor Mercedes Viñes (procedente del Noviciado de Bilbao), Sor Joaquina
Angulo (procedente de la Residencia de Gijón) y Sor Milagros Garrastachu (procedente del Hospital de Miranda). Luego vendrían más: Sor Sara, Sor Teresa, Sor Micaela, Sor
Gloria… La madre Milagros fue la que asumió el cargo de superiora de la comunidad, que mantuvo hasta diciembre de 1964, cuando fue trasladada a Valencia; para sustituirla vino de Bilbao la madre Visitación Rodríguez. Sor Joaquina, por su parte, fue la que se encargó inicialmente de la cocina, pero no pudo con el pesado trabajo que se le vino encima y fue sustituida ese mismo año por una joven monja procedente de Vitoria, Sor Ángeles Marcos, quien, a pesar de la “pena que traía por su destino”, dedicó 42 años de servicio a La Laboral. El mismo tiempo ha permanecido en activo Sor Inmaculada —se jubiló el 12-5-2000, a los 80 años de edad; una y otra han superado, por tanto, el récord de permanencia de las clarisas. En virtud de la nueva situación creada, los jesuitas mejoraron las condiciones de las dependencias que venían ocupando las Siervas; equiparon la enfermería con una capilla y una zona destinada a clausura, donde dormían. Lo que más les impresionó fueron las habitaciones que les habían preparado, “todas con ducha individual”. Era un local amplio, con unas 20 habitaciones para enfermos. Un local que los alumnos siempre han identificado por su localización elevada. Decir enfermería equivalía a decir “arriba”; los antiguos alumnos lo tienen claro: “nos cuidaban arriba, en la enfermería”.

La enfermería, por razones obvias, nunca fue un lugar de muchas alegrías. Las dolencias no solían ser graves; gripes, anginas y fiebres eran las patologías más habituales. Todos los años había enfermos de larga temporada; cada curso una pequeña epidemia griposa llenaba a rebosar la enfermería. En alguna ocasión (1964) llegaron a alarmar unos inicios de epidemia de paperas, enfermos de escarlatina, etc. Y la muerte también pasó por allí algunas veces. Las monjas recibieron una “impresión muy fuerte” con la muerte del P. Villamil, cuya moto fue arrollada por un autobús en agosto de 1959. Tras el accidente su cadáver fue llevado a la enfermería, donde permaneció hasta su traslado al cementerio. No obstante, sintieron más los fallecimientos que tuvieron lugar en la enfermería, es decir, de enfermos que estaban a su cuidado, sobre todo cuando el fallecido era uno de aquellos jóvenes estudiantes llenos de vida. Fue lo que ocurrió en febrero de 1965 con Andrés González García, un muchacho de la 7ª División, de 16 años de edad, que entonces cursaba estudios de 2º de Oficialía.
No solo trabajaban las monjas en la enfermería también estaban Abel Zapico, uno de los practicantes, presente en La Laboral desde 1955, era el “alcalde”, “severo con los cuentistas que se quejan de males inexistentes y transfiguradamente atento para con los enfermos de verdad”. Sabía con antelación cuándo se iba a llenar la enfermería; decía que en exámenes, principios de curso, principios de semana y —paradójicamente— vísperas de vacación, se notaba claramente una mayor afluencia de alumnos48. Con él estaba Felipe Panes Castro, otro practicante, y el Dr. Pelayo. También colaboraba con ellos en aquel momento el venerable P. Cabo, jesuita al que las monjas llamaban cariñosamente “el abuelito”.


Lamentablemente, la marcha de las Siervas de Jesús, que abandonaron La Laboral en noviembre de 2002 —47 años después de haber llegado—, no fue tan apoteósica como la de las clarisas. Es más, no pudo serlo, porque, más allá de los reconocimientos otorgados dos años antes a Sor Inmaculada, ellas no tuvieron ningún homenaje. De hecho, la prensa local, que tanto había aireado el adiós de las franciscanas en 1996, apenas se hizo eco de la noticia.